Dentro del órgano monumental
Casavant Opus 3312
El órgano fue construido en 1972 por la compañía canadiense Casavant Frères, una de las casas organeras más antiguas del continente americano que continúan en activo. No es un detalle menor: se trata de un instrumento diseñado con una filosofía deliberadamente conservadora, pensada para durar décadas.
México tuvo, en su momento, una tradición organera muy importante. En Oaxaca aún sobreviven órganos del siglo XVII, algunos de los más antiguos del continente. A los fabricantes de estos instrumentos se les conoce como organeros.
Lamentablemente, la tradición organera mexicana comenzó a perderse en el siglo XIX debido a conflictos armados. Durante la Revolución Mexicana muchos órganos fueron destruidos para reutilizar el metal de los tubos en la fabricación de balas.
Detrás de la fachada existe una auténtica selva de tubos: más de 12 000. Los hay diminutos, de apenas cinco centímetros, y otros que alcanzan casi diez metros de altura. Caminar ahí dentro es internarse en una mezcla improbable de catedral, fábrica y bosque metálico.
Los tubos se agrupan en registros, conjuntos con un mismo carácter sonoro: flautas, lengüetas, tubos metálicos y de madera, así como combinaciones diseñadas para enriquecer el espectro armónico. Este órgano cuenta con más de 120 registros, lo que le da un rango tonal excepcional. Oficialmente es el quinto más grande de México; personalmente, siempre me ha parecido uno de los que mejor suenan.
Para controlar todo este potencial se requieren cinco teclados manuales y un teclado de pedales. El organista no “elige” un sonido: lo construye combinando registros, de una forma sorprendentemente similar a como se programan los sintetizadores analógicos.
Durante siglos, esta tarea requería asistentes que accionaban los registros siguiendo las órdenes del organista. Hoy esa función la realizan sistemas de memoria que almacenan combinaciones completas.
Cuando comenzamos el trabajo, varias memorias no funcionaban correctamente. Algunas se activaban solas; otras simplemente no respondían. Tras revisar lo evidente, descubrimos algo más interesante: ciertas combinaciones nunca llegaban a los tubos correspondientes.
Siguiendo el cableado desde los niveles superiores hasta la consola, quedó claro el problema: parte del sistema había sido cableado incorrectamente desde la instalación original. Conclusión inevitable: incluso los ingenieros canadienses especializados en órganos monumentales también son humanos.
Otro problema curioso fue que las memorias se borraban con demasiada rapidez. El sistema utilizaba un pequeño acumulador encargado de mantener el voltaje cuando el órgano se apagaba. Con el tiempo, había perdido capacidad.
La solución fue tan simple como efectiva: sustituirlo por un acumulador más robusto, de motocicleta, y establecer un reemplazo periódico. Problema resuelto.
La tecnología organera es extraordinariamente conservadora. Muchos contactos son de madera, con alambres de plata y láminas de latón o cobre plateado. Aquí aparecieron dos enemigos no previstos en los años setenta: la salinidad ambiental, por la cercanía con el antiguo lago de Texcoco, y la contaminación urbana, particularmente los compuestos de azufre.
Durante las pruebas finales, el organista titular nos regaló fragmentos de grandes conciertos para órgano. Eran cerca de las dos de la madrugada. La Basílica estaba completamente vacía: solo José Luis, mi cuñado y yo. Escuchar ese instrumento en plena potencia, en ese espacio, fue una experiencia sobrecogedora.
No soy un gran músico, pero sí puedo decir esto con certeza: es impresionante poder tocar ese órgano. Sus timbres son precisos, ricos, equilibrados, y la acústica del recinto es excepcional. Incluso décadas después, no puedo olvidar la experiencia de haber tenido el privilegio de tocarlo.
No todos los días uno repara electrónica para que suene música en una catedral.


